domingo, 7 de noviembre de 2010

Puedo sentir tu latido.

En la vida nos han enseñado que existen 7 pecados capitales. Todo el mundo conoce los grandes, los que dan más que hablar: gula, lujuria, avaricia... Pero es raro escuchar hablar de la ira. Quizá sea porque creemos que no es tan peligrosa o que se puede controlar, quien sabe.
A donde quiero llegar es a que quizá no le demos a la ira la suficiente importancia en nuestro día a día; quizá pueda ser más peligrosa de lo que en realidad creemos.
¿Qué puede hacer a la ira diferente de los otros 6 pecados capitales? La respuesta a esta pregunta es muy simple: te entregas, por ejemplo, a un pecado como la envidia o la vanidad y sólo te haces daño a ti mismo. Prueba con la lujuria o la avaricia y ocurrirá lo mismo, aunque quizá dañes a una o dos personas más que se encuentren a tu alrededor... Pero con la ira no es así, es otro tema, es el peor de todos los pecados: no solo te puede llevar hasta lo extremo, sino que cuando lo hace, puede hacer que te lleves a demasiada gente por delante...
Anatomía de Grey.


Ganar, perder, empatar... El juego va en progreso, tanto si nos gusta como si no. No te lo pienses, hazlo, discute con los demás, cambia las normas, haz un poco de trampa, tómate un respiro y atiende a tus heridas... Pero juega, nunca dejes de jugar: juega duro, rápido, dulce y libremente, juega como si no existiera un mañana.

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